Hermoso Bastardo

- Demonios – , mascullé cuando desperté esta mañana, algo dentro de mí me decía que mi dia iba a ser de lo peor.
Estaba, desde hacía más de veinte minutos, atorada en el tráfico. Miré el reloj y apoyé mi cabeza en el asiento, entonces me angustié al recordar que cuando había escuchado el sonido de mi alarma sepulté mi cabeza en la almohada y estiré mi mano para apagarla, pero no se silenció, sino que sonó más fuerte. Me incliné más lejos para desconectarla y caí de la cama. Por desgracia, el reloj y todo lo demás que estaba en el buro también se fueron al suelo, incluyendo un vaso con agua. “¡Mi celular!” Sentí pánico cuando sostuve el teléfono goteando en mi mano. Oficialmente estaba muerta. Mi vida entera y el itinerario del Sr. Canova estaban en otra cosa. Respiré hondo, tratando de tranquilizarme. Tal vez secare estaría bien, me dije. Sí, claro, como el agua y los dispositivos electrónicos caros van taaan bien juntos. En silencio recé por haber hecho un respaldo. Después hice memoria del día anterior y confirmé que no lo había guardado, ya que mi jefe, Manuel Canova, había estado de un humor particularmente repugnante y la mayor parte del día se la pasó gritando, abriendo y cerrando de golpe su puerta. Él llevaba siendo mi jefe 9 meses, su descripción se reduje a una frase: un patán de primera.
Para cuando llegué a la oficina ya era una hora más tarde. Por lo general yo habría llamado, pero mi celular estaba todavía en casa entre servilletas. Andrés Canova, a quien no podía soportar, era la persona más engreída que jamás había conocido en mi vida. He tenido contacto con una buena cantidad de personas desagradables, pero éste se llevaba el primer lugar. Aunque tengo que confesar que era físicamente magnífico, por eso no había mejor sobrenombre para él que el Hermoso Bastardo.
– Bien, bien, Señorita Alicia, ¿qué hora es en su mundo?, me preguntó en un tono sarcástico cuando me vio llegar.
Estaba de pie en la entrada de su propia oficina, se veía estupendo y arrogante, como de costumbre. Mide aproximadamente 1.88 y tiene el cuerpo de una escultura de mármol, lo sé porque cometí el error de visitar el gimnasio del hotel en el que estuvimos en una convención el primer mes que trabajamos juntos, ahí lo encontré sudoroso y sin camisa en la caminadora. Cualquier modelo mataría por parecerse a él. Aquella imagen quedó marcada en mi mente pero, por supuesto, él lo arruino cuando dijo:
– Es agradable ver que finalmente tiene interés en su físico, Señorita Alicia. ¡Imbécil!
– Perdón, Sr. Canova, hubo un accidente, traté de llegar tan pronto como pude. No pasará otra vez, se lo prometo, dije en un tono cortés aunque por dentro deseaba arrancarle sus bellos ojos verdes.
– Tiene razón, contestó él con una sonrisa altanera que me revolvió el estómago. Si tan sólo mantuviera la boca cerrada, era lo único que le faltaba para ser perfecto. Un pedazo de masking tape en la boca y no me molestarían las fantasías que tengo de nosotros: en su escritorio, en el mío, en mi cama…
– Y sólo para que no se le olvide este incidente, quiero un documento que dejé en su escritorio esta mañana listo a las seis. Y, además, repondrá la hora perdida haciendo presentación en la sala de conferencia conmigo.
Sin más, cerró de golpe la puerta detrás de él. Qué gran patán. El maldito sabía bien que una campaña presentable no podría ser hecha en… miré el reloj, genial, siete horas y media, claro, si no me tomaba ni un descanso. Aventé mi bolso en el escritorio, encendí mi computadora y abrí el documento. Bien, al menos esto era un anuncio de zapatos simple. Pero de todos modos él me había dado un límite de tiempo poco realista.
Seguía sentada, concentrada en mi labor a pesar de que todos se iban a su hora de comida. Mi amiga Cassiel se acercó a saludar:
– ¿Lista para comer, Alice?, pregunto sonriendo dulcemente.
– Cassiel, perdón, sé que lo prometí, pero éste ha sido un día inferna. La miré con cierta preocupación y con un gesto de disculpa.
– ¿Día de infierno o jefe de infierno?, río con disimulo.
Ella sabía todo sobre Manuel “Patán” Canova. Él era una leyenda en la empresa. Nadie que quiera conservar su trabajo discutía con él.
– Tienes la última parte bien, respondí. Solté un suspiro grande.
– Estoy absolutamente hundida. Vayan sin mí.
– Pero…, trató de discutir.
-Cassi, no hay manera. Incluso si trabajo sin parar hasta las 7, no creo que seré capaz de terminar a tiempo. De verdad lo siento.
-Está bien, pero no dejes que te maltrate. Él tiene suerte de tenerte y lo sabe, Cassiel sonrió y abandonó la oficina. Dios, este iba a ser un día largo. Al cabo de unos minutos, cuando agaché bajo mi escritorio para enderezar mi media, percibí que alguien se acercaba. Sin alzar la vista advertí:
– Te dije que… Me paré y cuando al fin levanté la mirada vi que no era mi amiga la que estaba de pie allí. Mis mejillas se enrojecieron y bajé mi falda.
– Perdón, Sr. Canova yo…, apenas alcancé a mencionar cuando él me interrumpió.
– Señorita Alicia, ya que usted, obviamente, tiene bastante tiempo para platicar con las personas de la oficina y completar el proyecto, necesito que baje en este instante a contabilidad y me traiga el análisis financiero. ¿Cree que pueda hacer eso?
Suspiré con pesadez y miré el montón de trabajo que tenía todavía que hacer, lo ví a la cara y me encontré con sus ojos verdes.
– Con todo el debido respeto, Sr. Canova, soy una persona y…
– No le estoy preguntando. Eso es todo, dijo mirándome fijamente durante un momento con la mandíbula apretada y luego cerro con brusquedad la puerta una vez más.
¿Cuál es su problema? ¿Realmente es necesario que azote la puerta tan fuerte? Aún mas estresada continué trabajando.
“¡Mierda!” Pensé por centésima vez en la última hora del día. Corrí por el pasillo oscurecido del, ahora, edificio vacío; llevaba los materiales de la presentación en mis brazos, eché un vistazo a mi reloj, eran las 7:20. ¿Nada me saldrá bien hoy? Perfecto, iba 20 minutos tarde y con lo que odia a la gente impuntual, de hecho, “tarde” es una palabra que no estaba en su vocabulario, ni “corazón”, “bondad”, “compasión” o “gracias”.
“Respira Alicia”, él puede oler tu miedo. Cuando me acerqué a la sala de conferencias, traté inútilmente de bajar mi estrés. Tal vez también se había retrasado, pensé para consolarme. Sí, claro; no había dua que ´l ya estaba esperándome. Con mucho cuidado intenté alisar mi pelo y ropa, aún con el bonche de documentos en mis brazos. Inhalé profundo y llamé a la puerta.
– Entre, se óyo. Extrañamente no parecía enojado, no, su expresión era aún peor, más bien estaba aburrido. Cansado de esperar.
Enderecé mis hombros e ingresé a la sala, de un lado tenía un ventanal del techo al piso que proporcionaba una vista hermosa, en el centro había un gran escritorio de madera y frente a éste el Sr. Canova. Su saco estaba colgado en la silla ubicada detrás de él, su corbata lo tenía aflojada y las mangas enrolladas hasta los codos. Sí, una mirada de hastío se acentuaba en su perfecta cara.
– Disculpe, Sr. Canova, mencioné con voz vacilante y con la respiración un poco agitada.
– Hubo un problema con…, me detuve. Las excusas no ayudarían en mi situación. Con mi recién descubierta valentía entré a la oficina, levanté la barbilla y me acerqué al escritorio.
-Está listo para comenzar, señor? Pregunté sin tratar de esconder el veneno en mi voz. Alzó la vista, sin responder. Esto sería mucho más fácil si no fuera tan hermoso. Me odié por notar su atractivo. Él señaló con su mano los documentos, autorizándome a seguir. Limpié mi garganta e inicié mi presentación.
Me incliné sobre la mesa, estaba señalando un juego de fotografías cuando lo sentí.
– La compañía puede hacer que este sujeto haga…, no alcancé a terminar la oración, pues su mano se levantó despacio para rozar mi espalda antes de deslizarse hacia abajo y detenerse en mis nalgas. Contuve la respiración, me congelé. Un millón de pensamientos pasaron con gran velocidad por mi mente en aquel instante.
El calor de su mano quemaba mi falda, podía sentir su temperatura abrasadora en mi piel. Cada músculo en mi cuerpo se tensó y un escalofrió me recorrió de arriba hacia abajo. Mi cerebro gritó “!quita tu mano¡”, pero mi cuerpo no hizo nada. Mis pezones se endurecieron y sentí cómo mi corazón palpitaba en mi pecho. Al menos un minuto tuvo que haber pasado sin que ninguno de los dos dijera nada, nuestra respiración era el único sonido que se percibía en el lugar.
-Voltéese, me pidió con voz queda.
Esa palabra rompió el silencio, jadeé muy bajito y cerré los ojos. Enderecé mi espalda y de forma pausada me di la vuelta, su mano se movió conmigo deslizándose a mi cadera. Busqué sus ojos y él me correspondió con la mirada. De nuevo estuvimos en silencio. Vi su pecho hincharse y vaciarse, cada uno de sus alientos era más profundo que los anteriores. Su pulgar comenzó a moverse despacito, deslizándose de acá para allá alrededor de mi cintura, su mirada no se apartó de la mía. El esperaba que lo detuviera; hubo mucho tiempo para que yo dijera algo pero por más que lo odiara, sabia que no podía frenarlo. Nunca me había sentido así. El calor que emanaba de su mano viaja a través de mi cuerpo y la humedad comenzaba a acumularse entre mis piernas.
Con sus ojos fijos en los míos, bajó la mano. Sus dedos recorrieron mi muslo, hasta llegar al ras de mi falda, la subió y se detuvo en el límite e mis medias, tomando mi pierna con fuerza. Cuando alzó su mano, mi cuerpo tembló de rabia y lujuria. ¿Cómo es atrevía a tocarme? Me odié. ¿Cómo estaba dejándome reaccionar de esta manera? Quise darle una bofetada y decirle que me dejará pero, en realidad, deseaba que continuara. El deseo y la humedad seguían aumentando, mientras sus dedos avanzaban poco a poco. Alcanzó el borde del panty de encaje y deslizó sus dedos bajo éste. Lo sentí entre mis labios tratando de abrirse paso, después rozó mi clítoris antes de introducir su dedo. Cerré los ojos, mordí mi labio tratando de sofocar un gemido. Cuando los abrí, vi cómo los suyos estaban locos de lujuria.
-Carajo, gruñó.
Sus ojos se cerraron, parecía tener la misma batalla interna que yo. Eché un vistazo a su entrepierna y vi su pene hinchado, queriendo salir de sus pantalones. Sin ver retiró su dedo y tomó el cordón delgado de mi panty. Utilizo un movimiento rápido para arrancarlo; oí el sonido de la tela rasgándose.
Tiró de mis caderas con brusquedad, levantándome en el escritorio frío y abriendo mis piernas delante de él. Sentí el calor crecer de mi vagina y emití un gemido involuntario cuando sus dedos regresaron a rozar energéticamente mi clítoris. Despreciaba a este hombre y todo lo que él representaba, pero yo me estaba traicionando, pues disfrutaba la manera en la que me tocaba. No eran delicadas caricias a las que estaba acostumbrada, sino movimientos con un frenesí salvaje. Incliné la cabeza hacia atrás y me sostuve en mis codos, sintiendo mi inminente orgasmo acercarse rápido.
Pero entonces él se detuvo, retiró su mano. Gemí en voz alta buscando su mirada. Me senté hábilmente, lo jalé de su camisa para acercar con fuerza sus labios a los míos. Sabía asombroso, lo detesté aún más. Mordí su labio inferior mientras mis manos desabrochaban su cinturón a toda prisa.
– Más vale que esté listo para terminar lo que comenzó, señor.
Gruño y desgarró mi blusa, los botones volaron sin rumbo a través de la alfombra. Palpó mis senos, lo que me provocó un shock bastante agradable por todo mi cuerpo, el cual hizo que mis manos aceleraran sus movimientos para desabrochar sus pantalones y luego arrojarlos, junto con su bóxer, al suelo. Tomé su pene duro y grueso en mi mano, sentí cómo vibraba en mi palma.
– Tengo la intención de hacer más que eso señorita Alicia.
La forma en que dijo mi nombre debería haberme hecho sentir furiosa, pero yo sólo emanaba pasión y deseo. De pronto, jaló mi falda hacia arriba y puso mi espalda contra el escritorio. Antes de que yo pudiera pronunciar una sola palabra, tomó mis tobillos jalándome hacia él para penetrarme con profundidad.
-¡Dios!, grité en voz alta.
– Así es, oí que él decía con los dientes apretados, mientras sus caderas golpeaban rápidamente contra mí, conduciendo su pene intensamente. Yo no podía reprimir los gemidos y gritos, se me escapaban con naturalidad.
-¿Nunca la habían embestido así? Usted no sería tan coqueta si la cogieran apropiadamente.
“¿Quién se cree que es?”, pensé. Yo nunca había tenido sexo en ninguna parte que no fuera una cama. Su pene se sentía tan bien dentro de mí que me despertó una personalidad desconocida.
– He tenido mejores, me burlé entre jadeos.
Sus ojos llamearon y se quitó de nuevo cuando estaba a punto de sentir mi orgasmo. Eso me hizo refunfuñar. Al principio pensé que realmente iba a dejarme así, hasta que sujetó mis brazos para estrellar sus labios contra los míos otra vez. Lo siguiente que sentí fue la ventana fría contra mis nalgas, me estremecí al percibir los intensos contrastes de temperatura en mi piel. Estaba ardiendo, cada parte de mí anhelaba su brusca forma de hacerlo.
– No debería haber dicho eso, señorita Alicia, renegó furioso, entonces con rapidez me giró, presionó mi frente contra la ventana y separó mis pies.
– Abra las piernas. ¡Ahora!
Obedecí y de inmediato las separé para que él entrara, con vigor controlaba mis caderas y me penetró una vez más.
-¡Ahh!
-Le gusta así ¿no?, se mofó él, tomando mi lóbulo de la oreja entre sus dientes, mismos que luego arrastró a través de la piel de mi hombro.
-Ahora toda la ciudad puede alzar la vista aquí y ver cómo se moja amando cada minuto de esto. ¿Quiere que la vean llegar al orgasmo?
Gimoteé en respuesta, incapaz de formar palabras mientras me penetraba repetidamente, presionándome contra el cristal.
-Dígalo. ¿Quiere su orgasmo? Contésteme o me detendré, protestó conduciéndose hasta el fondo de mi ser.
– ¡Sí… sí… Dios mío…!, exclamé, al tiempo que mis manos golpeaban contra el cristal, mi cuerpo entero temblaba a causa del clímax que se precipitaba en mí, dejándome sin aliento. Cuando por fin me calmé, el volteó y de nuevo sus labios se encontraron agresivamente con los míos.
Mis manos se posaron en su cabello para tirar de él, mientras nuestras lenguas luchaban. Bajé una mano a su erección palpitante y lo acaricié, haciendo que sus gemidos resonaran en mi boca.
– Ahora quiero que toda la ciudad vea su cara cuando lo haga venir con fuerza que incluso olvidará su nombre, dije al mismo tiempo que me deslizaba hacia abajo para meter su pene por completo en mi boca. Su cuerpo se tensó y soltó un fuerte suspiro. Alcé la vista, sus palmas y su frente estaban en el cristal, entonces sus ojos se cerraron, como si sintiera un gran alivio.
– ¡Aahh!, gritó cuando sentí su pene pulsar contra mis labios. Comenzó a venirse en mi boca e ingerí cada gota de su néctar.
Lo liberé y se tambaleó hacia atrás, cayéndose en la silla exhausto, tratando de calmar y estabilizar su respiración. Me levanté, baje mi falda y tropecé con sus ojos. Los segundos seguían asando y ninguno de los dos desviaba la mirada. Sin decir palabra alguna reuní el frente de mi blusa rasgada y Salí apresurada.
Agarré mi bolso del escritorio, me puse mi saco, tratando de abrochar los botones con las que éste llegara antes de que tuviera que enfrentarlo.
No podía pensar en lo que había pasado hasta no estar fuera. Las puertas se abrieron y oprimí el botón del vestíbulo. Al llegar a él, apresuré mi andar.
Cuando alcancé mi coche abrí la puerta entré y busqué mis ojos en el espejo retrovisor, los vi desmaquillados, con las secuelas de aquel encuentro-
-¿Qué demonios acaba de pasar?, me pregunté en voz alta.